domingo, 16 de abril de 2017

De la subsistencia



Somos muchos los que anhelamos la aparición de una Renta Básica, que como el Mesías en la tradición católica, nos traiga la salvación al Sistema de Servicios Sociales.


Por mi parte, soy de los que creo que nuestros pecados no son tan graves como para habernos condenado de esta manera, pero estamos esperando en vano. La Renta Básica no va a llegar.

Falacias como que “no hay recursos suficientes”, o “cómo le vamos a pagar a la gente por no hacer nada” (y unas cuantas más), están tan profundamente contenidas en los valores sociales que la ideología neoliberal ha conseguido imponer, que hacen absolutamente  inviable una medida de estas características.

Tal vez el próximo milenio, si nuestro planeta Tierra no nos ha expulsado antes o nosotros mismos no nos hemos autodestruido, un nuevo sistema de valores se desarrolle y pueda garantizarse de verdad esa Renta Básica para todos. O tal vez no.

En todo caso, mientras no la tenemos, estamos condenados como digo en Servicios Sociales a trabajar con las múltiples contradicciones que ello supone, y entre ellas, como hemos señalado en otras ocasiones, el haber asumido como parte del Sistema de Servicios Sociales lo que tenía que ser asumido por otras políticas sociales.

Hoy me voy a referir de nuevo a la garantía de ingresos, que hemos asumido en Servicios Sociales de un modo residual porque hemos definido que una de nuestras funciones es garantizar la subsistencia de las personas.

Y esto es solo así en parte…

La subsistencia no es una función de los servicios sociales. Es un derecho fundamental, al ser consustancial y análogo al más básico de los derechos, el derecho a la vida. (ver Constitución).   Como tal derecho fundamental, es obvio que debe  ser asumido por todos los sistemas públicos y por sus políticas (no sólo las sociales, también las económicas o las de seguridad, por ejemplo).
 
Porque la subsistencia tiene que ver con el nivel de ingresos, pero sólo en parte. Sin ingresos (bien económicos o en especie), no hay subsistencia, en eso estamos de acuerdo. Ahora bien, los ingresos ¿garantizan la subsistencia? Yo diría que no. Voy más allá: en algunos casos garantizan lo contrario.

En Servicios Sociales estamos acostumbrados a trabajar con familias con ingresos superiores al nivel de renta que podríamos considerar insuficiente para vivir, que a pesar de ello no consiguen garantizar a sus miembros los mínimos vitales para subsistir.

Está de sobras estudiado que, en muchas familias, el verdadero problema no es la falta de recursos, sino el adecuado uso y aprovechamiento de los mismos. Son familias en las que coexisten otros problemas (salud mental, toxicomanías, violencias varias, negligencias y otros…)

Personalmente, creo que en el campo de la subsistencia, este es el único territorio en que la intervención desde los servicios sociales tiene sentido. Pero para poder hacerla, hay un requisito imprescindible: que se garantice un nivel ingresos suficiente a todas las personas.

Y de eso estamos cada vez más lejos. En materia de supervivencia, se ha impuesto el “sálvese quien pueda” y el incremento de la desigualdad y el retroceso en la cohesión social llevan camino de ser imparables. 

Como imparable parece ya el retroceso de nuestra profesión, cada vez más asemejada a una "gestoría de prestaciones economico-sociales" donde el trabajo social de casos ha sido relegado a una caricatura.

Es urgente revertir este proceso en el trabajo social y acompañarlo de profundos cambios legislativos y organizativos en el sistema de servicios sociales.

Espero que no sea ya tarde.    

 

lunes, 10 de abril de 2017

El ejército de Pancho Villa



Wang define muchas veces al Sistema de Servicios Sociales como “el ejército de Pancho Villa”, metáfora con la que intenta describir nuestra crónica descoordinación y nuestra querencia a hacer la guerra cada uno por nuestra cuenta.


Aunque peyorativa, la metáfora sin duda es acertada pues define con precisión nuestro modo de actuar. La fragmentación, descoordinación, confusión de objetivos y fines, reactividad… se han convertido, por así decirlo, casi en marcas permanentes de nuestro contexto.

Pero más allá de las metáforas y sensaciones, las impresiones que resume esa metáfora me llevan a analizar un poco qué puede estar detrás de la misma.

Aunque no he realizado una investigación ni un análisis concienzudo del tema, me parece que el problema se encuentra en que los servicios sociales están cada vez más alejados de las agendas políticas. Lo explicaré.

Raramente los políticos hablan del sistema de servicios sociales. En el mejor de los casos se refieren a problemas concretos de los ciudadanos (dependencia, desahucios, pobreza energética…) y se habla de una especie de derechos sociales, que en genérico empieza a sustituir algunos ámbitos antes reservados a los servicios sociales.

De lo que no se habla casi nunca es de la estructura del propio sistema. A diferencia del sistema sanitario o el educativo, en los cuales la resolución de los problemas se canaliza siempre a través de los centros, estructuras, equipamientos y profesionales, en nuestro sistema parece que los problemas se resuelven de otra manera.

En una entrada anterior “Las leyes de Newton y la atención a la pobreza” hablé de cómo el sistema aborda la resolución de los problemas de pobreza y exclusión social de un modo tan simplificado como ineficaz. Generalizando al resto de problemas sociales que podemos encontrar (violencia, dependencia, protección…) la mayoría de abordajes propuestos coinciden en esta simplificación. Es como si en las ecuaciones propuestas faltasen partes importantes.

En una situación lógica, resolver un problema que afecte a los ciudadanos seguiría este esquema simplificado:
            1.-PROBLEMA
2.-DERECHO RECONOCIDO
3.-ESTRUCTURAS ENCARGADAS
4.-MEDIOS NECESARIOS
5.-ACTUACIONES PARA LA RESOLUCIÓN
 
Esquema que, en el caso del sistema de servicios sociales, atraviesa algunas dificultades.

Sobre el problema y los derechos reconocidos:
En servicios sociales suele hablarse como digo de derechos sociales, y se hace de una forma tan genérica que, en realidad, no se definen con claridad.
Por un lado, se atribuye al sistema la inabarcable misión de garantizar los derechos humanos más amplios, como si fuera exclusiva del mismo.
Y por otro, se definen en negativo: el sistema de servicios sociales se ocupa de… lo que no se ocupan los demás sistemas, o de los derechos que dejan de garantizar éstos.
Esta indefinición conceptual trae como consecuencia básica la confusión, tanto para los ciudadanos como para los profesionales. Y detrás de la confusión, la dispersión y disgregación: cada uno interpreta, acude y ejecuta en el sistema lo que considera subjetivamente.

 Sobre las estructuras encargadas:
Coherentemente con la indefinición, confusión y disgregación anterior, no se sabe con claridad qué estructuras ni equipamientos son los encargados de abordar el problema.
Al fin y al cabo, la cuestión es tan genérica que todo el mundo puede y debe hacerlo. Múltiples niveles administrativos comienzan a intervenir descoordinadamente. La iniciativa pública, la social y la privada se postulan o no, en función de sus presupuestos e intereses, para resolver el problema.
Y, en la creencia siempre de que son problemas nuevos, no se analiza qué se está haciendo o qué se ha hecho previamente. 

De los medios necesarios:
Al no saber con claridad quién tiene que encargarse de qué, es difícil adscribir medios para ello (lo cual en el fondo viene muy bien a algunos, no nos engañemos).
Así, la mayoría de medios adscritos no pasarán de un mero maquillaje: tal vez una línea de subvenciones o una oficina de intervención que se publicitarán como el dardo en la diana que va a resolver con eficacia el problema.
Casi sin excepción el asunto terminará en la creación de algún chiringuito temporal que morirá de inanición y desapercibidamente.

Y las actuaciones para la resolución:
Lo diré con una palabra: ineficaces. Tanto, que mejor no perdemos el tiempo en evaluarlas.
 
Por todo ello, el esquema de resolución de problemas en el sistema de servicios sociales vendría a ser el siguiente:
1.-PROBLEMA
2.-ACTUACIONES PARA LA RESOLUCION  

En el cual el problema es tan indefinido y el diagnóstico tan inexistente que las actuaciones no pueden ser otras que del tipo “como pollo sin cabeza”.

Mientras nuestros políticos sigan pensando (y algunos técnicos también) que los problemas se resuelven así, sin crear, potenciar y dotar establemente estructuras claras que los aborden, seguiremos sin encontrar soluciones a muchas de las situaciones que enfrentamos.

Eso sí, como dice Wang, nadie podrá negar que parece que se está haciendo algo con las mismas.

martes, 28 de marzo de 2017

...y con poder, tampoco se puede.

Hace unas semanas reflexionaba en este blog sobre el poder, y más concretamente sobre el poder profesional, que definía como la capacidad e influencia para cambiar las cosas. A raíz de algunos comentarios recibidos como consecuencia de esa entrada he creído conveniente completarla para aclarar algunos de los conceptos que en ella exponía.


Terminaba la entrada con una frase de Wang en la que me decía que "sin poder, no se puede". La principal aclaración ya la habréis adivinado con el título de esta entrada "...y con poder, tampoco se puede".

Esto es, mi concepto de poder lleva implícito la renuncia del mismo. No, no tenemos poder para cambiar las cosas, y mucho menos a las personas. 

Inserto ahora un aviso para estudiantes y profesionales que -ojalá- estén comenzando a ejercer: podéis dejar de leer esta entrada. Seguro que estáis ilusionados y convencidos de salir al mundo a cambiar la vida de las personas, mejorar sus condiciones, incrementar su bienestar y todas esas cosas que se aprenden durante los estudios de nuestra disciplina. No leáis más, de verdad. No quiero quitaros esa ilusión, sin la que estoy convencido de que no se puede ejercer. Tan sólo creo que debemos ser conscientes de que se trata de eso, de una ilusión. En lugar de esta entrada os recomiendo esta otra de otro compañero bloguero, Israel Hergón, que reflexiona sobre lo que es el Trabajo Social mediante una sugerente disertación entre lo académico y lo divulgativo.

A los que decidáis continuar (allá vosotros), os diré que estoy convencido de que nadie tiene la capacidad de cambiar la vida de nadie. Ninguna persona, ningún profesional, ninguna disciplina. 

Podemos manejar con soltura toda la legislación y normativa referente a un caso. Podemos conocer todos los recursos que podrían aplicarse. Podemos poner en marcha toda nuestra pericia técnica en la relación con los participantes del mismo. Podemos aplicar el más adecuado protocolo y utilizar las mejores herramientas. Pero siempre, siempre, el resultado será impredecible y dificilmente atribuible a nuestra acción.

Poco a poco me he ido haciendo consciente de la extrema complejidad de los sistemas humanos y sociales y de la necesidad de asumir e incorporar su inherente impredecibilidad. El azar juega un papel importante y creo que las lógicas lineales en las que todo está determinado según unas causas y sus consiguientes consecuencias son tan tentadoras como erradas. 

A mí me costó tiempo asumir esa incapacidad. Al principio la veía como fracaso. A veces sentía que en un caso había (habíamos) hecho todo lo correcto y que, con mucho trabajo y dedicación, no habíamos dejado ni un cabo suelto. Y el caso no se solucionaba. Otras veces, en cambio, el caso parecía solucionarse sin apenas intervención por nuestra parte, o por la intervención de algo o alguien que ni de lejos podíamos prever o valorar como necesaria.

Experimentar la realidad de estar insertos en sistemas complejos, con una diversidad casi infinita de variables, personas, profesionales e instituciones implicadas es una buena manera de conocer los límites de nuestra acción y de transitar responsablemente por los caminos de la humildad.

Ya os he comentado en alguna ocasión que hace tiempo que hice mías estas palabras de Barudy:
 “...no me veo como el detentor de un poder 
para cambiar, cuidar, ayudar o hacerme cargo de alguien, 
sino más bien como una persona capaz de relacionarme con otros para perturbarles, 
a raíz de mi creatividad, 
en el sentido de estimular sus potencialidades y sus posibilidades de cambio".

 Tomar conciencia de que nosotros no podemos cambiar nada es sin duda un duro aprendizaje. Pero también liberador. Nos sitúa ante los límites de nuestra acción y de que, tal vez, el único cambio accesible para nosotros es el nuestro. Y ni siquiera ese cambio podemos hacerlo nosotros: necesitamos a los demás.

Así que, ya lo sabéis. No se puede. Y hay que tomar conciencia profunda de ello, porque sólo así podremos seguir trabajando para  hacer lo correcto y necesario en cada situación. 

Y es que a pesar de que no se pueda, tenemos que seguir haciéndolo. Es nuestra responsabilidad.

martes, 21 de marzo de 2017

¡Que nadie se quede fuera!

Hace unas semanas, Mª José Aguilar, entre otras cosas compañera bloguera, nos propuso a la Blogotsfera una acción coordinada con motivo del Día Internacional del Trabajo Social que, como sin duda habreís adivinado, este año se celebra hoy. La acción incluía publicar una entrada en cada blog con motivo de la efemérides, así que aquí va la mía.


¡Cómo no colaborar con semejante iniciativa!, le dije enseguida a Wang en cuanto leí la propuesta. Así que me puse entusiasmado a leer el tema-lema del día este año, sobre el que debíamos reflexionar y me encuentro lo siguiente:
"El Trabajo Social como promotor de comunidades y entornos sostenibles".
y os confieso que el entusiasmo dejó paso al desasosiego.

Como muchas cosas en esta profesión, me genera sensaciones contradictorias. Me parece atractivo y me golpea en el estómago. Lo veo sugerente al tiempo que demasiado general y vacuo. Creo que conecta con una de nuestras funciones (desarrollo comunitario) y a la vez no sé muy bien a qué se refiere. Me suena como una canción descompasada, como si la música y la letra no terminaran de ajustarse.

Aunque me toca desarrollar algunas tareas y funciones de Trabajo Social Comunitario y manejo algunas claves, no soy especialista en ello. Unido a que lo de "entornos sostenibles" lo asocio a temas más relacionados con la ecología (que me interesan profundamente, pero que tampoco soy muy ducho en ellos), pues me encuentro con que no sé muy bien qué puedo aportar a esta reflexión.

De modo que lo haré desde la clave de nuestra presencia social. Sé que es una sensación personal la confusión que a mí me genera el lema pero... ¿y las personas ajenas a nuestra profesión? ¿Qué les aporta el lema? ¿Qué imagen de nuestra profesión transmite? ¿Les aclarará con respecto a nuestras funciones? Pienso en la cantidad de profesionales con los que trabajo en red y también en personas no profesionales, que hayan tenido o no contacto con nuestra disciplina... Si mañana me preguntan cómo hacemos eso que pone en el lema, reconozco que me ponen en un brete. O no voy a saber explicarlo o no me van a entender.

Creo que mi argumentación iría por la sostenibilidad social. Intentaría simplificar el concepto y diría que no son comunidades sostenibles aquellas que dejan gente fuera. Y a eso nos dedicamos en el Trabajo Social. A que nadie se quede fuera. A que todo el mundo, sea cual sea su condición personal, pueda desarrollar al máximo sus capacidades, integrarse en la sociedad y convivir en ella en libertad sin sufrir ningún tipo de exclusión o violencia.

Y en estos tiempos de fronteras, muros y desigualdades... es una tarea tan necesaria como apasionante.

Así que ¡Feliz día del Trabajo Social a tod@s!

jueves, 16 de marzo de 2017

Mauricia, virgen y mártir



¡Milagro! Una mujer de 64 años, burgalesa, ha dado a luz a dos mellizos tras someterse a un tratamiento de fecundación en Estados Unidos. Podéis ver aquí la noticia.


Paolo de Matteis - The Annunciation
Aceptamos el milagro. Las ciencias adelantan que es una barbaridad y lo que la naturaleza ha negado, puede la técnica milagrosa modificarlo y hacer que una mujer pueda ser madre a una edad tan avanzada.

Pero aceptado, no podemos por menos que señalar que el tema está lleno de conflictos éticos, que se acentúan cuando conocemos los detalles del caso.

Dos de ellos: Que la sexagenaria señora, de nombre Mauricia, está incapacitada laboralmente desde hace años por un trastorno paranoide de la personalidad. Que a los 58 años tuvo a su primera hija, que le sería declarada en desamparo y retirada por los servicios de protección de menores tres años más tarde.

¿Es compatible por tanto el derecho que esgrime esta mujer a ser madre con el derecho que sus hijos recién nacidos tienen a crecer en un entorno favorable? ¿Puede esta mujer proporcionárselo?

Aunque con los datos que constan en la noticia puedo formarme una opinión al respecto, me abstendré de hacerlo, pues de sobras sé que para expresar un juicio de estas características se ha de contar con más elementos y con un análisis y conocimiento bastante más profundo que el que aparece en la misma.

Pero como en ella aparecen otros elementos en los que se presenta a esta mujer como una pobre víctima de los malvados servicios sociales, que ya le retiraron una hija y ahora teme que sus nuevos hijos “caigan también en sus manos”, me veo en la obligación de aclarar y señalar algunas cosas.

Acepto como digo el milagro, pero no el martirio.

El Sistema de Servicios Sociales, aún con todas sus deficiencias, y dentro de él, el Sistema de Protección de Menores, tiene de todo menos de arbitrario. Los menores no se declaran en desamparo gratuitamente y los niños y niñas no son “arrancados” de ninguna familia sin unas sólidas pruebas de negligencia, maltrato y desprotección. La declaración de desamparo además es la última opción y antes se exploran e intentan activarse cualquier medida y alternativa que haga posible que esos menores permanezcan en su propio entorno familiar.

Y como conozco el tema, y la seriedad y responsabilidad con la que se trabaja en el sector, le digo a esta señora que no me trago lo de que quiera presentarse como una mártir y como la víctima de un atropello. Que no cuela, vaya.

Aun admitiendo que pueda cometerse algún error, en la decisión de retirar y tutelar un menor intervienen equipos de profesionales que realizan un estudio profundo del caso, en un proceso largo y complejo. No se retira ningún niño o niña a la ligera, ni con unas acusaciones tan caricaturizadas como las que suelen esgrimir las familias que no son conscientes (ni saben, ni quieren, ni pueden reconocer) el maltrato al que sometían a sus hijos.

Y más allá de todo esto, hay otro elemento en la noticia que me ha llamado la atención. Cuando el Gobierno regional decreta el desamparo de la menor, la alcaldesa del pueblo sale en su defensa y escribe una carta relatando que “Mauricia contaba en el pueblo con el apoyo familiar suficiente para atender a su hija”.

¿No tienen los alcaldes otra cosa que hacer que meterse donde no les llaman? ¿Desde cuándo una alcaldesa es la encargada de valorar los apoyos familiares o las capacidades parentales? Tan clara injerencia del poder político en unos aspectos técnicos debería conllevar, sino la inhabilitación, sí el apercibimiento de esta preboste. Un tirón de orejas y una recomendación: zapatero a tus zapatos.

Porque va siendo hora de pedir a muchos políticos no sólo el respeto que el sistema de servicios sociales merece. Es necesario también que colaboren al prestigio del mismo no sólo evitando esas injerencias, sino además dotándole de los medios necesarios para realizar adecuadamente su labor.

Y en el tema que nos ocupa, la protección a la infancia, los recursos y medios deberían incrementarse exponencialmente, con prioridad absoluta.

Es donde nos jugamos el futuro como sociedad.

Porque ni Wang ni yo, lo confesamos, creemos en los milagros. A pesar de Mauricia y de su "milagroso" y caro embarazo.